Xiana
Xiana, antes Juan, estaba realmente ilusionada. Tenía la oportunidad de su vida.
Poder ganarse el sustento sin tener que pasar por las esperas de clientes era su sueño.
Tenía que subsistir, y ese había sido su único recurso.
Para ir tirando, trabajaba en ello lo justo.
Era una habitual de las colas del hambre. Todos los días esperaba su turno. Que Elena le ofreciera su casa y alimentos era algo que ni en sueños imaginaba.
La suerte estaba de su parte.
Un ángel, pensaba, le había tocado en suerte.
La experiencia en la calle era dura. Tener que excitar con el cuerpo feminizado, y atraer al cliente, que ni siquiera le daba buen trato, era duro. Muy duro.
En su niñez sufrió el acoso de quienes mancillaron su cuerpo en privado.
La doble moral de esos hombres que abusaron viendo en ella objeto de deseo y dando rienda suelta con ella a vejaciones y malos tratos.
Sus padres no vieron nada. O no quisieron. Ya no estaba segura. Pensaba que sus noches de insomnio, sus miedos infantiles debían haberles alertado.
Un tío sacerdote se había convertido en la peor de sus pesadillas. Él le tocaba con descaro. Con aquella de que le confesara sus inocentes pecados les dejaban a solas. Sus padres creían que con su influencia su niño tendría oportunidades.
No tenía siete años, cuando de los toqueteos se pasó a la acción.
Manchó de sangre el calzoncillo y pantalón, los calcetines y zapatos también. El cura le limpió y le dijo que no se lo contara a nadie, que eso era un secreto entre los dos.
Algo no estaba bien. Sintió contradicción. Dolor y placer.
—Fui un niño amanerado. Eso a mi padre le disgustaba. Mi madre callaba. De las palizas que sufrí salí sin saber cómo era vivir.
En la infancia se normaliza lo que se vive. Es difícil discernir sin referencias claras.
El maltrato infantil se veía como correctivo, como educativo. Eran los padres que lo aplicaban para enmendar la oveja escarriada.
—Me fui de casa. Con doce años. Salí del fuego para caer en las brasas.
—Hice camino a pie y autoestop. Llegué a Lérida, y después a Barcelona.
—Sin nada. Con hambre.
—En el camino ya hice favores a cambio de un plato caliente. Eran los sesenta. A nadie le extrañaba, pantalones cortos y zapatos con calcetines.
—Una mujer que hacía la calle me recogió en su casa. La casa de los travestís. Así se la denominaba en ese barrio barcelonés.
—Ella me maquillaba y ponía una de sus pelucas. Me traía el cliente a casa. Cobrando por mí y dándome comida y techo.
—Crecí. Exigí mi parte. Me acostumbré. Ella me tiró. Me quedé en la calle.
—La vida es dura.
—¿Cómo sobreviví? Ni lo sé.
—Había en las ramblas un local toda la noche abierto. Allí se nos encontraba. Yo en ese momento empezaba a cogerle gusto a travestirme. Me gustaba. Era joven. Eso me proporcionó clientes y ganancias.
—Cerca de allí pude pagarme la cama.
—Siento lo injusto de este mundo. A ver si algún día se hace real aquello de no discriminar por razón de raza o sexo.
—A ver.
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